lunes, 24 de mayo de 2010

La historia del Castillo de Autol

Para los que somos catones, el Castillo de Autol ha sido una figura que ha estado presente en nuestras vidas, pero que normalmente no ha tenido un protagonismo especial ya que éste, "siempre" ha estado en ruinas y cerrado su acceso al público.

Pero no siempre ha sido así. Kike Tano nos ha hecho llegar un fabuloso escrito que narra la historia del Castillo de Autol y de cómo a lo largo de los siglos fue pasando de unas manos a otras en concepto de premio por la lealtad de los señores de otras épocas.

El escrito del mediados del siglo XV nos permite a todos rememorar otros tiempos en los que el Castillo de Autol era un referente en la comarca.

Vaya de ante mano mi agradecimiento a todos aquellos que en algún momento han hecho algo por recuperar y divulgar ese trocito de historia catona:

- A nuestro cronista (y en mi caso tío lejano) más prolijo de la Rioja: Don Pedro González.
- A don Ceferino Ojeda quién se negó a que el manuscrito desapareciera y optó por pasarlo a "máquina".
- A la marquesa de Reinosa, cuya curiosidad impulsó que el escrito no muriese con el pergamino original.
- A Elena Fuertes quien siempre quiso dar a conocer este legado histórico.
- A su primo Luis Soldevilla que se tomó las molestias de digitalizarlo para que el paso del tiempo ya no le hiciése daño.
- Y a Kike por hacérnoslo llegar, porque realmente cuando se disfruta de la cultura es cuando se comparte.

A todos gracias!!!

Reproducimos íntegramente el documento que nos han hecho llegar.
El documento tiene 6 cantos más un pequeña introducción:

LA HISTORIA DEL CASTILLO DE AUTOL







EL CASTILLO DE AUTOL

Leyenda

Copia del manuscrito original e inédito, que relata sucesos del año 1.445, y que pertenece a la “Biblioteca de historia de La Rioja” de D. Pedro González y González, Pbro. de Autol.

Este escrito fue mecanografiado por D. Ceferino Ojeda y Angulo, profesor de primera enseñanza en una de las escuelas de Bermeo (Bizcaia) en el año 1.900, para la Exma. Sra. Marquesa de Reinosa, Condesa de Autol, en prueba de agradecimiento.

Hoy este escrito mecanografiado, está en manos de la familia de D. José Abel Hernández “Campanero”.

Trascrito a digital, el día 5 de Mayo de 2.010, por Luis Antonio Soldevilla Fuertes, para su prima Elena Fuertes Cristóbal, concejala de cultura en el Exmo. Ayuntamiento de Autol.

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Canto I
(Autol)



Cuantas veces soñé, viendo, las ruinas
amontonadas al pié de tu castillo
de los pasados tiempos las hazañas
desenterrar del polvo de los siglos.
Reconstruir sus altos torreones
oír chirriar del puente levadizo
y ver colgado en la encumbrada almena
de guerreros infieles un racimo.

Del reino de Navarra y de Castilla
En la feraz comarca que del río
Cidacos a ambas márgenes se extiende,
elévase imponente su castillo
sobre una abrupta inaccesible roca
por la parte sur cortada a pico,
en la frontera de ambos reinos, siempre
del vencedor siguiendo los destinos.
En premio a una traición, Sancho III
de Navarra, donó su señorío
a quien le abrió las puertas de Calahorra
alevoso y traidor, alcaide inicuo.
Creyéronse los suyos deshonrados
al tener por señor a un hombre indigno
y aprovechando las continuas luchas que
tenían a Sancho entretenido,
pronto se vieron del alcalde libres
que huyó una noche atravesando el río.
De los fieles riojanos esquivando
la vengadora mano: del castillo
se apoderaron, celebraron fiestas
de sus bodegas el añejo vino
espumoso corrió profundamente
la alegría aumentando el regocijo.
Disputábanse el trono de Castilla
Pedro el cruel, hijo legítimo
de Alfonso onceno que murió, de peste
de Gibraltar en porfiado sitio
y Enrique que del rey en los amores
con Leonor de Guzmán al mundo vino
El cruel apellidaban a D. Pedro
y, ¡vive Dios! que fue bien merecido
porque no respetó su sed de sangre
ni viejo noble, ni plebeyo niño.
Sembrando fue el terror en sus estados
cual sanguinario lobo en el aprisco
y los nobles huían de sus tierras
pidiendo amparo a algún reino vecino
o engrosaban las filas del bastardo
dispuestos a luchar con su enemigo.

Derrotadas las huestes Enriqueñas
(los campos de Alesón fueron testigos)
huyó el bastardo atravesando el Ebro
y en Francia pudo hallar seguro asilo
donde fueron llegando en pocos días,
huyendo de D. Pedro sus amigos
que en Nájera se vieron derrotados
debiendo a los ingleses quedar vivos.

Al rey de Francia el emigrado Enrique
para prestarle ayuda halló propicio
y en España seguían su bandera
las ciudades, aldeas y castillos
cansados del horror del rey D. Pedro
que ya el reino tenía en sangre el vino tinto.
Vuelto el bastardo a tierra de Castilla
se arrodilló, hizo una cruz y dijo
besándola: “Yo juro a esta semblanza
de cruz, Castilla, que tu tierra piso,
de ti no más salir aunque la suerte
vuelva a ofrecer triunfo a mi enemigo.
De allí partió a Calahorra con sus tropas
y el día de San Miguel con regocijo
de todos triunfalmente hizo su entrada.
De Arnedo, Quel y Autol los señoríos
rindiéronle homenaje y caballeros
a seguir sus pendones decididos
llegaron hasta él, Pedro Ximénez
de Arnedo, a sus reales fue unido,
siguió con él a Burgos donde el pueblo
la clerecía toda y el obispo
aclamaron por rey a D. Enrique.
León se le rindió después de un sitio
de algunos días y triunfante siempre
cercó a Toledo en sitiarla fijo.
Allí se distinguió D. Pedro Ximénez
de Arnedo, tanto que el bastardo quiso
sus hazañas premiar dándole en feudo
el castillo de Autol y señorío
la huerta, el olivar y hasta las aguas
según se lee en un viejo pergamino.
Ximénez disfrutó toda su vida
de tal merced, muriendo en su castillo
y legando sus bienes y derechos
ya revisados, a su propio hijo
del mismo nombre que heredó su sangre
su entrega, su fe y su patriotismo.
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Canto II
(El pleito)



Quedó con la merced de D. Enrique
el castillo de Autol emancipado
del yugo de Calahorra, y sus señores
gobernaron el pueblo, con aplauso
de todos los vecinos, pues veían
justicia en ello, protección y amparo.
¡El pueblo gobernado con justicia
de su rey o señor sigue los pasos
siendo a la par que fiel agradecido
en paz sumiso y en la guerra bravo!
Pedro Ximénez, siempre en la confianza
del innato valor de sus vasallos
que al ronco son de la bélica trompeta
Por la espada dejaban el arado
levantaba mesnadas, que terribles
eran y azote del opuesto bando
navarros guerreros que en frecuentes
algaradas talaban nuestros campos
pagando muchos de ellos con la vida
sus correrías y sus hechos bárbaros
un día, como muchos
montó Pedro Ximénez su caballo
y seguido de algunos campeones
y un ciento de soldados
marchó hacia el enemigo que talaba
según costumbre los cercanos campos.
En efecto, siguiendo la corriente
por la margen derecha del Cidacos
al pie de Los Agudos que se elevan
al norte del poblado,
hallaron como un ciento de enemigos
que, acaso fatigados
de las contínuas algaradas, daban
descanso a sus caballos
fraguando nuevos planes todos ellos
a proseguir la destrucción guiados.
Como el alud que se desprende y rueda
desbaratando cuanto encuentra al paso
dejando tras de sí tristes despojos
desolación y espanto.
Así aquellos valientes autolenses
siguiendo a su señor desbarataron
al bando fronterizo que en desorden
huyó a una de caballo
tras una resistencia, que aunque débil
fue de triste recuerdo a los riojanos
pues un negro escondido en la maleza
del jefe de la chusma vil esclavo
saeta voladora lanzó al viento
con vengadora mano,
y tal su acierto fue, que de Ximenez
buscó el férreo casco
y halló espacio bastante en la celada
para clavar su emponzonado dardo
y cual gigante roble a quien cercena
el recio tronco, centelleante rayo
así pedro Ximénez vino al suelo
con el ojo derecho atravesado.
Pintar el estupor de aquellos hombres
que un momento antes con valor lucharon
llevar en pos la muerte con su espada
y destrozado al enemigo bando
verlos mudos de dolor, corriendo
por su atezada faz acervo llanto
es superior a mis endebles fuerzas
y no puede mi pluma retratarlo.

Uno tan solo, que la infausta hazaña
del negro vio, ligero como un gamo
se lanzó a la espesura, y conociendo
el agreste terreno palmo a palmo
pronto al negro alcanzó dándole un golpe
que hundió hasta el hombro su velludo cráneo.
En el pueblo de Autol pronto se supo
suceso tan infausto,
y cuando el cuerpo del señor trajeron
cruzado en el arzón de su caballo
tan solo era el silencio interrumpido
por el llanto de todos sus vasallos.
Del puente levadizo las cadenas
y los goznes chirriaron
y aparición divina por la puerta
del castillo se vio: su traje blanco
su rostro angelical, y sus cabellos
mal recogidos por rosado lazo
sus sollozos, sus lágrimas ardientes
por la muerte del padre idolatrado
dábanle un no se qué de misterioso
insólito y fantástico.
¡Pobre niña! Murió por darle vida
su madre, de la que era fiel retrato
y su vida pasó dando limosnas
siendo de todos protección y amparo
y no llamó a la puerta del castillo
mujer, niño, ni anciano
sin alcanzar, de joven tan hermosa
un socorro y alivio en sus trabajos.
La bella Leonor (la providencia
el pueblo la llamaba), era el encanto
de todos y por ella bien seguro
morirían gustosos sus vasallos.
Huérfana y triste la dejó,
del negro el penetrante dardo
y el señorío y castillo envidia
del señor calahorrano,
quedó sin sucesión, pues según dijo
fundándose en la ley de Alfonso el sabio
las hembras no podían
ser herederas de tan altos cargos.
Fiel el pueblo de Autol, las pretensiones
Del señor de Calahorra rechazaron
y juraron morir por la heredera
de Ximénez de Arnedo. El calahorrano
pleito entabló fiado en su derecho
sin duda en la ley sálica fundado
y fue a Valladolid donde la corte
estaba. Los de Autol dieron los pasos
convenientes, juzgaron influencias de
De Laras y Ramírez de Arellano
y después de pleitear por ambas partes
con celo y entusiasmo
dio la sentencia a Leonor de Ponce
el derecho de tierras y vasallos.
Con fiestas en Autol fue recibida
tan fausta nueva y luego proclamaron
señora del castillo a la señora
que por sus prendas y su afable trato
tenía a todos nobles y plebeyos
con muchas virtudes subyugados.
¡Ay! La alegría que en Autol reinaba
exasperó al burlado calahorrano
y vengarse juró de la sentencia
que una trama juzgó de cortesanos.

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Canto III
(Diego de Puelles)



En los corrillos las viejas se reúnen
visten las viejas sus mejores galas
y las campanas en brillantes ecos
alegres notas a los aires lanzan.
Duermen en un rincón por todo el día
los útiles y aperos de labranza
y cubren el camino del castillo
niños, viejos, doncellas y casadas
que a conocer a su señor acuden
y demasiado en sus deseos tarda.
Flota el pendón en la encumbrada almena
limpia el soldado la potente lanza.
Todo es bullicio y algazara y tisca
y a tan hermoso cuadro solo falta
el sol que ya en oriente tiñe el cielo
en cambiantes de oro y escarlata.
Un mozo corredor, que en el camino
de Quel estaba puesto de atalaya
llegó gritando: “Ahí viene” y a aquel lado
dirigiéronse todas las miradas.
Una nube de polvo
y el fino sonido de las armas
anuncian la llegada de D. Diego
que con cuarenta lanzas
sobre un negro trotón de pura sangre
luciente arnés de acero y fina malla
alzados el ventalle y la visera
que un rostro ocultaban
se adelantó seguido de los suyos
llena de amores y alegría el alma.
Señor de Davalillo, feudatario
de la encumbrada casa de los Laras
tan galante en las fiestas y torneos
como terrible y fiero en las batallas
héroe en sierra Elvira
joven y hermoso, nada le faltaba
para hacer suspirar a las doncellas
y hacer temblar a quien faltarle osara.

Con un ¡viva D. Diego! Fue acogido
grito viril, enérgico, entusiasta,
trasunto del amor que los vasallos
a Leonor de Ponce profesaban
y en triunfo fue llevado hasta el castillo
entre vivas, contento y algazara
y dijo emocionado a su escudero:
“Que cien doblas repartan
entre los pobres y desde hoy que rieguen
todos sus campos sin pagar las aguas”
Al pie del puente levadizo, todos
a D. Diego esperaban
y solícitos pajes acudieron
a recoger sus armas
llevándole al castillo do tenía
ya preparada su lujosa estancia.
Mientras esto sucede, las doncellas
de Leonor de Ponce en una cámara
de lujosos tapices orientales
a su señora visten y engalanan
con las telas más finas
bordadas de oro y plata
y las joyas más ricas y vistosas
por artífices moros fabricadas.
La corona de azahar sobre sus sienes
el velo salpicado de esmeraldas
el dorado cabello suelto, en bucles
cayendo juguetón sobre su espalda,
una imagen perfecta de hermosura
dechado de virtudes y de gracias.
Seguida de sus dueñas y doncellas
a la capilla encamínanse. Estaban
acompañando al novio los padrinos
el sacerdote y todos al mirarla
sorprendidos quedaban
al ver tanta hermosura y tanta gracia.

La nupcial ceremonia
con la misa se dio por terminada
y hubo aquel día fiestas y bullicio
y se corrieron cañas
y los señores llenos de alegría
concedieron al pueblo algunas gracias
y ya el sol se escondía bajo el límite
de las altas montañas
y aun seguía el deleite y aun el vino
corría en abundancia.
Cuatro días duró según las crónicas
el bullicio y la danza
y los sencillos labradores vieron
en la feliz unión de aquellas almas
la aurora que anunciaba nuevos días
de paz y bienandanza
que siendo el caballero tan cumplido
y ella señora de virtudes tantas
padres ambos serían del vasallo
y consuelo y alivio en sus desgracias.
El tiempo demostró que no salieron
fallidas tan risueñas esperanzas
pues al año nació de sus amores
un niño y en tan fausta
ocasión, los señores del castillo
colmaron de mercedes y de gracias
a los fieles vasallos
que a sus señores adoraban.
Bien tranquilo D. Diego
para acudir donde el honor le llama
deja a Leonor fiado en la nobleza
y lealtad riojana
y valiente, siguiendo de Castilla
el dorado pendón, de sus hazañas
fueron testigos de Aragón los campos
las ingentes montañas de Navarra
y las hermosas vegas que rodean
a la gentil Granada.
En mil y cuatrocientos
cuarenta y dos, estaba
gozando en su castillo las delicias
de una vida feliz, amenizada
por el amor de todos sus vasallos
rodeado de sus hijos que le amaban
y de su esposa, descansando al cabo
de su vida azarosa y sus hazañas,
haciendo bien a todos y obteniendo
mas fama en ello que en sus cien batallas.

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Canto IV
(La traición)



Era privado de D. Juan II
D. Álvaro de Luna, y la nobleza
confabulaba en Castro Nuño, quiso
que el rey a su privado depusiera
por dar lugar a cosas detestables
creyendo que por arte de maléficas
de su rey, tenía
una privanza al bien del reino ajena.
Sordo D. Juan a cartas y consejos
siguió del condestable la bandera
y en los hermosos campos de Castilla
surgió terrible, fraticida guerra.
Diego Puelles enemigo siempre
de intrigas y revueltas
en su castillo señorial pasaba
el tiempo más feliz de su existencia
rodeado de su esposa y de sus hijos
mirando al labrador sembrar las tierras
o persiguiendo al inocente ciervo
en los montes de Yerga
o ejercitando a su querido Sancho
en el difícil arte de la guerra.
Los vasallos veían en D. Diego
la benéfica y savia providencia
consuelo de los pobres que perdían
por terribles granizos sus cosechas,
un padre en los consejos, y un amigo
más que un severo juez en las contiendas.

Era el año de mil y cuatrocientos
cuarenta y dos: el año en que revueltas
andaban los magnates de Castilla
contra Álvaro de Luna, y en sangrientas
y estériles discordias se gastaban
la nata y flor de nuestra hidalga tierra
mientras el moro por vengar la (¿rata?)
de Sierra Elvira, la incendiada tea
en crueles algaradas
lleva triunfalmente en lides y fronteras.

El señor de Calahorra en su palacio
con febril impaciencia
paseando está y al mas pequeño ruido
fija su vista en la entornada puerta
y convencido de que nadie llama
y renegando porque nadie llega
vuelve otra vez a pasear, y al cabo
que entre al momento, al confidente ordena.
Era este un hombre de treinta y seis años
seco de carnes, de mirada aviesa
afilada nariz, delgado labio
negro el cabello igual que su conciencia
y al verle entrar le interpeló impaciente
su natural dueño de esta manera:
-Dime Nuño, ¿salió tu camarada?
-No tardará señor, a estar de vuelta
-¿Tienes confianza en él? ¿has pensado tú
en lo difícil de tan loca empresa?
-Tan avezado está, que juraría
que terminó a estas horas y que llega
para poner a nuestros pies el feudo
y el castillo de Autol.

La recompensa ¡vive Dios! Nuño será tan grande
como es grande el servicio que me prestas
-Humilde servidor, con su confianza
pagado estoy, ( tocaron la puerta)
-¡Es él señor!
-Pues abre
Un peregrino en la estancia penetra
lleno de polvo, de sayal cubierto
y en la capucha oculta la cabeza.
-¡Habla! El señor le dijo.
-Estáis servido
son dos criados nuestros, en las fiestas
del día de la Virgen, cuando todos
a media noche duermen
a puñaladas coserán los cuerpos
de sus señores, abrirán las puertas
del castillo y entonces, con la gente
oculta en la maleza de antemano
si alguno aun se resiste, a sangre y fuego
lograremos tomar la fortaleza.
-Supongo que el sigilo
habrá sido tu norte.
-Ni la sierra
de la misión que al pueblo me ha guiado
puede tener sospechas.
A los criados ofrecí las doblas
y firmé la promesa
entregándoles diez a cada uno
para que al día señalado luchen.
-¿A su palabra faltarán?
-Morillas me responde señor con su cabeza
que él sabe quien yo soy y que hasta el pomo
clava el puñal mi vengadora diestra.
Una tea encendida
colocaron en la encumbrada almena
señal de que el castillo
señor no tiene y al señor espera.
-¡Has conseguido ¡vive Dios! vengarme
de la injusta sentencia
que me privó del feudo y señorío
de este castillo.
Con que Nuño, apresta
la gente necesaria, y de Calahorra
el día quince cuando el sol descienda
y se oculte, saldremos hacia Arnedo
para tomar bien pronto a la izquierda
y llegar hasta Autol y allí ocultarnos
al pie de su encumbrada fortaleza.
-No olvidaré jamás este servicio
y mis favores tocareis de cerca
El esquilón con sus alegres notas
anuncia al pueblo que llega la fiesta
de la Asunción de nuestra Augusta Madre
que la Iglesia celebra
con amoroso júbilo, en recuerdo
de tan sublime y milagrosa fecha.
El labrador sencillo ha suspendido
sus ímprobas tareas,
y sus mejores galas desempolvar
casadas y doncellas
y el pueblo entero, religioso acude
a visitar a su patrona excelsa.
Acompañado de su buena esposa
y de sus hijos, el de Puelles llega
aclamado por todos sus vasallos
que llenos de cariño le rodean
y en el sagrado templo, silenciosos
llenos de fe penetran.

El santo oficio de la misa
se terminó y a la salida empiezan
a formarse corrillos que discuten
respecto a las cosechas
o bien del rey D. Juan y el condestable
o de los nobles la actitud resuelta,
otros de la apostura
del niño Sancho, que en su faz revela
digno heredero ser, de Diego Puelles
y adornado como él, de nobles prendas
y quien dice un favor que ha recibido
y aquel un rasgo de D. Diego cuenta
o de su fiel esposa
la caridad que hasta las chozas llega.
Y los señores del castillo, saben
y en pos de sí las bendiciones llevan
del pueblo agradecido
que siempre en ellos vio la providencia.
El mismo peregrino que en Calahorra
fue portador de criminales nuevas
con hipócrita unción oyó la misa
saliendo tras D. Diego de la iglesia
y como corren voces de que viene
el peregrino de la Santa Tierra
a donde fue a cumplir hacía tiempo
no sé que penitencia
fue por el buen D. Diego convidado
a compartir su mesa.
¡Ah! Si el de Puelles sospechado hubiese
en su mirada su intención aviesa
y hubiese visto bajo al tosco sayo
la fina cota y el puñal que lleva
convidado vendría a su castillo
para colgarlo en la encumbrada almena.

El sol se hundió, las fiestas terminaron
y el peregrino que sin duda espera
que la enlutada y silenciosa noche
su negro manto extienda.
Del castillo salió, por la izquierda
del Cidacos, a paso acelerado
encaminóse, hasta que al fin encuentra
a Nuño que impaciente
no consultando la hora a las estrellas.
¡No hay tiempo que perder! El peregrino
dice al llegar, la convencida tea
no tardará a brillar junto al adarve
para anunciarnos la agradable nueva.
Y juntos, como se unen
la hiena y el chacal junto a la presa
marcharon a calmar con la noticia
a su señor que a un tiro de ballesta
oculto con su gente está esperando
el término felice de su empresa.

Silencio sepulcral en el castillo
a aquellas horas reina
pues todos cuando el ángelus tocaron
terminada la fiesta
se entregaron al sueño bendiciendo
a su patrona excelsa.
De la lechuza el lúgubre silbido
se escucha entre las peñas
y el murmullo del río cuyas aguas
la ingente roca del castillo besan
y todos duermen confiados, todos
menos el torpe criminal que acecha
y tiembla al menor ruido, y acaricia
el desnudo puñal en las tinieblas.
Diego de Puelles y su noble esposa
bien ajenos al fin que les espera
duermen tranquilos como duerme siempre
el que tiene tranquila su conciencia
y sueñan con sus hijos, que a su lado
en la contigua cámara se encuentran.
Cual la astuta serpiente
que entre las flores se desliza artera
y al inocente pájaro sorprende,
cuando en el nido por sus hijos vela
así los dos traidores en la estancia
de D. Diego penetran,
y una y cien veces sus puñales hunden
dando muerte a quien el pan les diera
ebrios de sangre en su furor maldito
su homicida puñal nada respeta
y de los hijos de sus nobles amos
uno por uno siegan la existencia
sin que tiemble su mano ante la cuna
ni un rayo parta su traidora diestra,
solo D. Sancho, el hijo primogénito
que en lo alto del castillo a pierna suelta
dormía, se salvó y al despertarle
un escudero fiel por la (¿....?)
del castillo salió cuando la gente
del calahorrano entraba por la puerta
¡Traición! Se escucha, pero acuden tarde
de su noble señor a la defensa
y sorprendidos del horrible crimen
a su pesar se rinden y se entregan
no sin pagar algunos con la vida
su indomable valor y resistencia.
¡Ya está vengado en noble calahorrano!
¡Ya el pendón en el castillo ordena
y ya Macillos y sus dos secuaces
cuentan las doblas fruto de su empresa!
Ya el confidente Nuño es el alcaide
de la a traición ganada fortaleza
y entre la gente de armas que le aclama
corre el vino tomado en las bodegas
del castillo, y reparte
no todo el oro que el señor le diera.
Ya los primeros tintes de la aurora
a dibujarse en el oriente empiezan
y ya el pueblo de Autol ajeno al drama
que apadrinó la noche, se despierta.

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Canto V
(La reconquista)



¡Traición! En todas partes se escuchaba
y venganza pedía el noble pueblo
del horroroso crimen perpetrado
las olvidadas armas requiriendo.
Denodados se aprestan para la lucha
igual el niño, que el cansado viejo
y cercan el castillo
dispuestos a morir en el bloqueo
antes que consentir fieles riojanos
vasallos ser de innoble caballero.
Los hombres de armas que el castillo guardan
al calahorrano, la actitud del pueblo
van a contar y exclama enfurecido:
¡(¿.........?) salud a esa canalla presto
que aun las almenas del castillo pueden
ser adornadas con los cuerpos!

Marchad a la muralla si aun persisten
los más ejercitados ballesteros
y cazarlos lo mismo que se caza
en el monte al inocente ciervo.
No calma al mar que alborotado ruge
porque desgarra una centella el cielo
ni se acobardan las furiosas alas
del tableteo horrísono del trueno,
ni hasta detener la hirviente lava
del Etna el frágil suelo
ni al Simoun el encantado oasis
ni al huracán el roble gigantesco.
Luego que el pueblo, la arrogancia supo
del infame traidor, el escudero
que a D. Sancho salvó, partió al galope
hacia la corte con algunos pliegos
para la noble casa de los Laras
parientes de D. Diego
y dioles cuenta del dolor transido
de la trágica muerte de su deudo.
D. Manrique de Lara, al enterarse
de tan triste suceso
y de la gente de armas suficiente
para volver a conquistar el feudo
partió hacia Autol, jurando a los traidores
hacer a su llegada un escarmiento.

Dejemos al de Lara que guiado
por el fiel escudero
siga el camino que hacia Autol le lleva
y volvamos al pueblo
que valiente y leal, de sus señores
los destrozados cuerpos
recogieron al pie de su castillo
y llorando juraron ante ellos
vengar su muerte y al traidor infame
colgarlo para pasto de los cuervos.
Muchos soldados a D. Diego fieles
cogidos prisioneros
mientras dormían, por servir la causa
que defendía con tesón el pueblo
a su nuevo señor humildemente
su vida y sus servicios ofrecieron
y el calahorrano creyó sincera
la oferta rebosando de contento
de beneficios los colmó y aun dioles
en el castillo los mejores puestos
creyendo así aplacar la efervescencia
del irritado pueblo.

Los valientes riojanos
no depusieron su actitud por eso
y ambiciosos esperaban la llegada
de D. Manrique de Lara y sus guerreros
para vengar la muerte ignominiosa
de sus señores, conquistar el feudo
y volver a entregar su señorío
al hijo de D. Diego.

Llegó el de Lara y ocultó su gente
a un tiro de ballesta en el terreno
accidentado, que en la parte norte
forma un desnudo y elevado cerco
encaminose, acompañado solo
del emisario que llevó los pliegos
a disponer el plan de reconquista
y a ver la ayuda que prestaba al pueblo.
Llegó a la casa donde Sancho estaba
quien en sus brazos se arrojó gimiendo
y el de Lara exclamó: “seca tu llanto
y veate dispuesto
para vengar el crimen cometido
en tus queridos padres y mis deudos
traigo la gente de armas necesaria
y con la ayuda de mi Dios espero
volver a conquistar ese castillo
nido de hienas y de infames cuervos
y hacer morder el polvo a ese canalla
a los Laras tratando con respeto”
¡Señor! Dijo un anciano venerable
de rostro enjuto y ademán resuelto
¡Mandad, que nuestra vida
(.....) nada te importe, son muy bravos
y la conquista encomendada a ellos
por la victoria siempre coronada
se vio, vuelve a tu puesto
y ojo avizor que estamos enseguida
junto a las puertas a morir resueltos!
Convenidos los últimos detalles
donde estaba su gente, el caballero
volvió dando instrucciones
recomendando a todos el silencio
y de la empresa el éxito fiando
en su valor probado y su denuedo.

Ocultos por las sombras de la noche
se deslizaron por detrás del Cerro
de Santiago llegando hasta el barranco
que hace de foso, por ventura seco
y cual mudos fantasmas con sigilo
fueron cubriendo sus débiles puestos
esperando, desnudas las espaldas
ver caer el puente y el castillo abierto.

Los secuaces de Nuño continuaban
la orgía y el estruendo
alternando las notas y los brindis
con los chistes groseros
y ya empezaban a sentir algunos
del vino los efectos
y dormían, las armas olvidadas
y al peligro inminente, bien ajenos
cuando los hombres de armas del de Lara
que entraron en silencio
a despreciarla nos halláis dispuestos
y por vengar al padre de los padres
y al ángel de este pueblo.

Y si es preciso luchar ¡Sus! A la lucha
y si es preciso morir ¡sucumbiremos!
Me place oírte anciano y yo te juro
que quedareis muy pronto satisfechos
y por señor aclamareis a Sancho
de mi noble pariente primogénito.
En esto un hombre de armas se presenta
queriendo hablar con D. Manrique presto
pues su llegada sabe
por habérselo dicho el escudero
del que era gran amigo y que (......)
habíale al llegar sin perder tiempo.
Es un soldado que el castillo guarda
con otros cuantos fieles a D. Diego
y viene a descubrir que aquella noche
en el castillo reina el desconcierto
pues el señor celebra con orgías
de su conquista trágica el recuerdo
y que él tiene la guardia de la puerta
con otros compañeros
y a una señal podrán les plazca
a D. Manrique y a su noble deudo
para servirles en tan justa causa
abrir las puertas y ayudarles luego
¡Muy bien soldado! A tu castillo vuelve
y cuando observes en el alto Cerro
de Santiago una luz, es el aviso
para franquear la puerta a mis guerreros
la rendición intiman y al que lucha
la muerte encuentra como justo premio.

Pintar la confusión de aquellos hombres
el pánico, el terror y el desaliento
verlos huir y despeñarse algunos
rendirse sin lucha, temblar de miedo
ante la brava gente de Manrique
y ante el furor justísimo del pueblo
que por las puertas penetró guiado
por el anciano de ademán resuelto.....
es imposible a todo el que no tenga
la inspiración insólita del genio.
Bastantes escaparon, no Morillas
ni sus dos compañeros
ni el confidente Nuño, acorralado
y muerto en un rincón de su aposento
ni el disfrazado peregrino echado
de la muralla al precipicio horrendo
que la tajada roca con el río
forma hacia el sur, del conquistado feudo.
En lóbrega prisión arrojados
ven de la muerte el descarnado espectro
como digno remate a sus infamias
los traidores criados de D. Diego.

¿Qué se hizo del señor de Calahorra?
nadie le ha visto, “¿ por desgracia ha muerto”,
dice el de Lara, “sin hundir mi daga
hasta el pomo, cien veces en su pecho?”
“¿Dónde está ese traidor?” pero el soldado que
franqueó las puertas, con respeto
le contestó: Señor, a Calahorra
ayer marchó con otros caballeros
pues ¡vive Dios! que su maldita carne
hoy pasto hubiera sido de los cuervos.
Que curen los heridos
y del castillo saquen a los nuestros
y vosotros valientes si os place
seguid la orgía que empezaron ellos.

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Canto VI
(Justicia)



Bien puede Sancho, el hijo primogénito
de D. Diego Puelles
mostrar su orgullo al verse defendido
por sus vasallos fieles
y Manrique de Lara cuando vuelva
donde la guerra y el honor le llevan
ponderará la lealtad riojana
y por modelo, pondrán su gente.
Alborozado despertaba el pueblo
en los primeros días de noviembre
respiraban alegres las campanas
anunciadoras de función solemne
pues, por señor de Autol y su castillo
al niño Sancho va a reconocerse
y suceso tan fausto los riojanos
y lloran en silencio las mujeres.
Siéntense todos: Sancho y el de Lara
en sitio preeminente
y al son de los clarines un heraldo
anuncia que desde ahora todos deben
rendir pleito homenaje al noble joven
como señor de Autol. El pueblo, alegre
recibe la noticia y con sus vivas
y atronadores hurras ensordece
jurando defender al heredero
de su padre señor Diego de Puelles.
Terminada la tierna ceremonia
llenos de gozo en procesión solemne
a la iglesia del pueblo se encaminan
a dar gracias a Dios por sus mercedes.
En el pórtico el clero les recibe
y a su señor fidelidad prometen.
Penetran en el templo, y a su vista
un túmulo se ofrece
preparado por orden de D. Sancho
que las exequias de su padre quiere
con pompa celebrar el mesmo día
que sus derechos a él se le confieren.
Y murmuran los labios oraciones
y hasta el trono de Dios suben las preces
del pueblo leal que por el muerto reza
ya por el vivo, si es preciso, muere.
La ceremonia terminó: en la plaza
la juventud alegre se divierte
conmemorar como es debido quieren.

Todos preparan sus mejores galas
mozos, niños, ancianos y mujeres
en procesión alegre dirigen
hacia el castillo donde el de Puelles
por D. Manrique armado caballero
a pesar de la edad, pues no tiene
quince años, mas preciso
es que el de Lara del lugar se aleje
porque le llaman a la corte asuntos
de gravedad que demorar no puede.

En la anchurosa plaza del castillo
un estrado se eleva y pueden verse
con exquisito gusto entrelazados
las armas de los Laras y Ximénez
y el heráldico escudo
de la noble familia de los Puelles.

En los palcos y gradas preparados
la muchedumbre se coloca alegre
y suenan clarines y tambores
y en la puerta aparece
precedido de pajes y escuderos
el futuro señor, Sancho de Puelles
que es recibido por el pueblo en masa
con ¡vivas! Espontáneos. La gente
entre sus brazos, estrecharle quiere
y recordando todos a sus padres
inmolados de modo tan aleve
prietan los hombros los nervados puños
esperando la hora del suplicio
de los traidores que aherrojados tienen.

Junto al castillo en la anchurosa plaza
se elevan dos maderas que sostienen
otro madero horizontal, formando
el fúnebre trapecio de la muerte
y ensebadas argollas
del nudo corredizo al aire penden
esperando sin duda a los traidores
para que expíen su conducta aleve.
Tocan a muerto silencioso el pueblo
al luctoso tañido se estremece
y se dirige al sitio señalado
como a una fiesta dirigirse puede
y comentando el horroroso crimen
que van los reos a purgar en breve.
El ronco son del tambor resuena:
por la calzada del castillo vienen
los criminales, entre la gente de armas
y atados fuertemente con cordeles
y por un sacerdote acompañados
que la mansión eterna les ofrece
si al borde del sepulcro, de sus culpas
por el amor de cristo se arrepienten.
Entre dos infames camaradas
marcha Morillas con altiva frente
y les anima a caminar erguidos
y despreciar a la cercana muerte.
La ronca voz del pregonero anuncia
una y hasta tres veces
el castigo ejemplar que la justicia
ordena hacer en los que atados vienen
y en manos del verdugo al poco rato
los tres expían su traición aleve
y en el trapecio horrible sus cadáveres
cual espectros fantasmáticos se mecen.
Mientras el pueblo silencioso marcha
junto al hogar hablando de los duendes
trasgos y aparecidos, en los aires
una banda de cuervos aparece
que husmeando la presa en las almenas
del cercano castillo se detiene
revolteando en medio de la plaza
donde los cuerpos en la argolla penden.

D. Manrique de Lara
para pagar los sueldos a su gente
de D. Sancho intervino
al darle en posesión todos sus bienes
mas era el feudo rico y se pagaron
con mano larga y abundantes creces.
Las aplomadas nubes
teñían el sol, de rosa en el oriente
cuando, el de Lara del castillo sale
seguido de sus peones y jinetes
que alborozados marchan entonando
sus canciones alegres
en busca de batallas y de lucha
que hartas Castilla, por desgracia ofrece
y se tomaron con sin par coraje
el castillo de Autol en tiempo breve.

F I N
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